De un día para otro creció.


Dejó de ser ese niño con voz chillona, dejó de oler a bebé, empezó a crecerle pelo de más. Su voz llegó a un tono grave,

rebasó el metro sesenta y dos de su madre. Dejó de creer en Santa Claus, dejó de ver cosas tiernas y empezó a ver el mundo con ojos más conscientes.

Empezó a sentir mariposas en el estómago. Por primera vez le rompieron el corazón, por primera vez sintió ese miedo adolescente a lo desconocido.

Empezó a preguntarse cosas que solo la vida podía responderle en el camino.

Se dio cuenta que su mundo no era tan pequeño y se engrandeció con el conocimiento que aún no adquiría.

Quiere empezar a volar más alto. Sus sueños ya no se limitan a la imaginación, empiezan a tocar mundos más reales.

Dejó su cuarto de niño y cambió sus juguetes por desodorante.

Y simplemente sigue creciendo... Mi primer enano se ha convertido en un puberto.


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